
Y allí estaba yo aquel último día de verano. Apenas cuatro locas con la mísera pretensión de seguir morenas estaban ya en la playa, tratando de robar los últimos rayos de sol. Ya se notaban las tardes más cortas, y aquella sin duda era la más corta de mi estancia costera, pero a mí me pareció la más larga de todas. Me había despedido de los golfos que conocí tomando cervezas en los bares un par de días antes, porque ellos ya habían vuelto a su ciudad; a su realidad. Me despedí de los camareros, del que me vendía pipas en el kiosco, de la dependienta de la cafetería donde desayunaba cuando desayunaba. Incluso de aquel socorrista tan macarra que nos regañaba cuando jugábamos a la pelota en la playa. Sólo me faltaba despedirme de ella. Era la última bala que me quedaba. Todo un verano tonteando, dejando las tardes, las noches pasar. Y como siempre hice, lo dejé todo para el último momento. Me iba a declarar. Ya sabía yo que era el último día, que con suerte no nos volveríamos a ver hasta el verano siguiente, pero estaba dispuesto a pedirle matrimonio, si hacía falta. Tenía quince años, pero no me importaría esperar por ella, porque realmente creía que merecía la pena.
La pena fue que no apareció. Que la flor que tenía para darle como presente en mi declaración estaba empezando a quedar lacia y dormida, como el verano que ya languidecía. Un mensaje de texto al móvil fue su fría despedida. La mujer de hielo no se dignó ni en aparecer. "Siento no despedirme en persona. Tuve que salir antes porque mi novio me espera. Me alegro de conocerte. Que tengas suerte".
Fantástico, todo el verano tonteando conmigo y tienes novio... pues nada, que te vaya muy bien con tu Romeo, imbécil. Encontraré mil mejores que tú.
Tiré la flor al suelo consciente de que jamás en mi triste existencia encontraría a alguien como ella.
